David Benesty: “En el momento en que pensás que lo sabés todo, ya estás acabado”

Desde Los Ángeles a Buenos Aires, año tras año David Benesty emprende el mismo viaje. Por las calles porteñas camina con parsimonia y su semblante de adusta apariencia se transforma cuando visita algunos de sus lugares predilectos: el Teatro Colón, las librerías de viejo y los bares notables. Sin embargo, no hay muchos que sepan que este hombre posee una extensa trayectoria en las artes escénicas como cantante lírico y concertista. Una búsqueda virtual arroja algunos datos importantes. En la plataforma cinéfila IMDB figura como niño actor en dos producciones televisivas de los 50. Nada indica que fueron parte de sus apariciones como integrante del coro de Roger Wagner Chorale y que se destacó como actor en el teatro, como parte del elenco de The Rose Tattoo de Tennessee Williams durante su premier en la Costa Oeste. Un artículo publicado en el diario Los Ángeles Times en 2019 da información más precisa. Benesty, parte de una primera generación de turcos judíos que emigraron a Estados Unidos, es un consumado artista, ex estrella infantil, profesor de música de larga trayectoria y lector empedernido. Justamente el motivo del artículo en el Times había sido el inminente cierre de la mítica librería de usados “Sam: Johnson’s Bookshop” en Mar Vista, Los Ángeles de la cual Benesty fue su último encargado. El acento estuvo puesto en su trabajo en la tienda, algo que no lo define como persona, según aclaró el periódico. Con la librería ya desaparecida, recavar más información acerca de su última cara visible constituye una tarea infructuosa. En 2020 este artista de alma inquieta emprende un nuevo viaje a Buenos Aires, aunque esta vez es solamente a través del teléfono. Reticente a dar entrevistas, explica que el hecho de que se trate de un medio argentino es el único motivo por el que accede a hablar. Sin embargo, en sus palabras se advierte cierto deseo a ser reivindicado, a recuperar el lugar que verdaderamente le pertenece. Siempre mucho más cerca de la música que de la librería, aunque inseparable de la lectura, su carrera se relaciona estrechamente con el compositor Bernard Herrmann, una de las glorias del Hollywood clásico. Herrmann fue creador de la banda de sonido de Psycho, Vertigo, Citizen Kane y The Devil and Daniel Webster, por la que ganó un Oscar. También fue el mentor de Benesty, que aún se refiere a su maestro con absoluta devoción, lo cual lo devuelve por momentos al lugar de alumno, a esa infancia y primeros años de juventud donde cosecharon juntos una gran cantidad de éxitos. Aún siendo un profesor exigente y con una gran erudición, su disconformidad pudo más que su autocomplacencia, lo que lo ayudó a crecer más, a seguir conociendo, aprendiendo, viajando. Es por eso que continuar indagando más acerca de su persona puede resultar una tarea inagotable, ni siquiera sus 48 tatuajes pueden definirlo. Porque David Benesty es también un hombre que se busca a sí mismo, ya que entiende que en este viaje que es la vida aún a sus 80 años le queda mucho por descubrir.

¿Cuáles fueron tus mayores logros en los primeros años de carrera musical?

Trabajé con tres de los mejores músicos y compositores de Hollywood: Franz Waxman, Alfred Newman y Bernard Herrmann, que fue el mejor de todos.
Tuve una aparición en el primer documental de CinemaScope llamado The Roger Wagner Chorale. Yo era un niño soprano en ese momento. Los cantantes elegidos para ese documental fueron los mejores en Los Ángeles. Solamente hubo un solo vocal y me lo dieron. No sé si ese corto se perdió pero aparecía Roger Wagner Chorale que más tarde se convirtió en Los Angeles Master Chorale. Pero lo más destacado que hice, que tuvo un desafortunado final en la sala de edición, fue cuando tuve mi debut junto a Paul Newman en una terrible película llamada The Silver Chalice (1954). Me dieron dos minutos y medio en los que canté en solitario. Los mejores músicos estaban en la orquesta, The Hollywood String Quartet, que era un grupo de fama mundial. Lo ensayamos una vez y los músicos bajaron sus instrumentos y aplaudieron. Ese es el mayor cumplido para un artista y yo era un chico, creo que tenía 15 años. Fue justo antes de que mi voz cambiara. Fue la única vez que estuve verdaderamente satisfecho con mi forma de cantar. Fui muy crítico conmigo. Años después Franz Waxman se me acercó, me abrazó y dijo: “David, no sabés cómo luché para mantener eso”.
Sesenta años más tarde, estoy sentado en la librería y de repente escucho cantar a este chico y digo “¿por qué esta música me suena familiar?”. Era yo. De alguna manera habían logrado guardar una de las dos pistas de sonido para la película y un raro sello discográfico lanzó en CD toda la música de The Silver Chalice, incluido el único tema de mi solo vocal que era de dos pistas. Aquello que pensaba que se había perdido permanentemente y que era lo único que me importaba, lo encontré completamente por error.
También fui cantante durante muchos años en uno de los servicios donde hacía música judía moderna. Gregor Piatigorsky era el mejor violonchelista del mundo. Solía tocar en un trío con Jascha Heifetz y Arthur Rubinstein. Interpreté estas canciones pero no me sentía satisfecho. Estaba avergonzado y decidí irme. Él me siguió y lo escuché aplaudir. Me dijo: “Bravo, joven, tienes una voz hermosa”. Esto viniendo del mayor violonchelista de la tierra.

Muchos adeptos al Hollywood clásico también te conocen por tu aparición en el especial de televisión A Christmas Carol (1954).

En la primera parte soy el niño pequeño. Aparezco ahí como soprano. Luego estoy en el carruaje pero ese es el único momento en que soy visto. El actor, que interpretaba a un Tiny Tim que parecía estar al borde de la muerte, aparece cantando “Dear God of Christmas”. Ese soy yo también. Y en el final, comienzo las primeras frases y luego entra el coro. Doblé su voz. Le dan crédito al actor obviamente pero él no está cantando. Y traté de rectificar eso durante años y no pude hacerlo.
El primer día todo salió mal, tuvimos que desechar todo. Los cantantes lo hicieron muy mal y yo estaba terrible. Herrmann dijo: “Vamos a desecharlo. No podemos usarlo”. Volvimos al día siguiente y las cosas cambiaron. Pero yo aún no estaba contento. Todavía no estoy satisfecho con eso.

A Christmas Carol (1954)

¿Cómo era trabajar con Bernard Herrmann?

Canté en The King of Schnorrers de Bernard Herrmann, el cual estuvo en un disco maestro. Fue entonces cuando mi voz cambió. Tuve que cantar ocho papeles diferentes, y le pregunté a Bernard Herrmann: “Señor Herrmann (nunca lo hubiera llamado por su nombre de pila, le tenía demasiado respeto como artista y gran músico) , ¿cuánto tiempo tengo para aprender esto?”, y él dijo: “Diez días”. Eso estuvo bien hasta la última canción, estaba agotado en ese momento. Él me miró, estaba hecho pedazos, pero fue muy amable y comprensivo conmigo cuando me dijo: “David, podés hacer mejor esa última canción”. Lo hice de nuevo y salió mucho mejor.
Era conocido el hecho de que Herrmann tenía la boca de un marinero. No uso la palabra en inglés de cuatro letras pero él la usaba en cualquier momento. Ladraba mucho, pero no mordía [risas]. Fue muy amable conmigo, y yo era un niño estúpido que hacía las declaraciones más escandalosas. Él me corregía. Tal vez fue una de las partes más importantes de mi vida porque tenía mucha confianza y fe en mi trabajo, y también su esposa. Compartí muchas cosas importantes con él. La persona que escribió un estudio importante sobre Bernard Herrmann ni siquiera se molestó en entrevistarme. Él fue mi mentor y los fines de semana iba a su casa en el Valle.

¿Cómo se desarrolló tu carrera como cantante de ópera?

Canté ópera con varias compañías y probablemente el mejor logro fue cuando recibí una nota del director Milton Katims, que me quería mucho. Trabajó con Toscanini y Pablo Casals y luego llegó a ser director. Yo estaba cantando en Carmen en la Ópera de Seattle, que había sido recién construida. Recibí una nota y estaba seguro de que iba a decir que estaba despedido o algo así porque el director tenía un carácter muy difícil. Y la nota decía: “Lo hacés excepcionalmente bien, y quiero invitarte a una reunión con champán esta noche”. Tanto él como su esposa me felicitaron por el trabajo que estaba haciendo allí. Se suponía que me habían contratado para un papel y me dieron dos.
También quiero mencionar que mi ídolo era Giuseppe Di Stefano y tuve el privilegio de cantar con él en dos presentaciones de Tosca. Pavarotti incluso dijo en una entrevista que el tenor más grande de todos era Di Stefano.

Carmen (1964)

¿Hubo algún papel con el que no te sintieras cómodo?

Me negué a hacer dos roles. Cuando canté con la Ópera de Seattle, un caballero me dijo: “Estamos haciendo una producción al aire libre de Sueño de una noche de verano de Shakespeare y quiero que hagas de Puck”. Y respondí: “¿Un Puck de 80 kilos? Debés estar bromeando”. Estaba en el ejército en ese momento, así que estaba en muy buena forma. Pero aún así, tenía pecho de cantante, lo que me hacía ver grande. No obeso pero grande. El otro papel que rechacé fue cuando me ofrecieron el rol de Fagin en Oliver. Si hay un libro que odio, es Oliver Twist de Charles Dickens debido a su virulento antisemitismo. Así que me negué y, una vez más me dijeron que sería perfecto en el papel. Y les dije: “¡No voy a hacer el papel!”.
Para Bernard Herrmann, Franz Waxman y Alfred Newman hubiera hecho cualquier cosa porque sabía que si me pedían que hiciera algo, sería algo maravilloso y ciertamente no Fagin o Puck en Sueño de una noche de verano.

¿Qué podés contarme sobre tus clases como profesor de música?

Tengo dos alumnos que deberían cantar en el Teatro Colón. Son maravillosos. Es interesante porque son una pareja casada, ambos son tenores y tienen voces magníficas. Y les dije que tienen mejores voces que yo pero que no logran que “el arte vaya más allá del arte”. ¿Sabés a qué me refiero con eso? Maria Callas logró que las artes fueran más allá de las artes. Escuchás a un cantante y tu mente divaga; cuando escuchás a Callas tu mente no divaga. Y eso es lo que aún les falta a mis alumnos. Y muy pocos hoy lo tienen. Vos no habías nacido durante la segunda edad de oro de la ópera. Pensamos que duraría. Pues no fue así. Hoy en día solo hay dos o tres cantantes que podría nombrar al lado de Victoria de los Ángeles, Maria Callas, Franco Corelli, Mario Del Monaco, Giulietta Simionato, Jussi Björling, Cesare Siepi, Nicola Rossi-Lemeni, Robert Merrill, Ettore Bastianini y Cornell MacNeil. Simplemente ya no tenemos este tipo de cantantes.

¿Y cuál es el mejor consejo que podés darle para que alcancen esa perfección?

No hay perfección en el canto aunque uno puede acercarse. El mejor consejo que doy es: “No te escuches a vos mismo porque solo escuchas el 10% de tu voz”. Por supuesto que todos lo hacen y eso es peligroso porque si estás cantado una ópera y te escuchas a vos mismo, te atrapa la nota. Tendrías que pensar en la última nota que ejecutaste. Nada más que en la última nota. Y el otro consejo que doy es: “Asume todas las cuestiones que rodean a la voz”. En un 95% se trata de respirar correctamente. El otro 5% es inteligencia. Toscanini solía decir que los cantantes tienen resonancia en el lugar donde deberían estar sus cerebros. Y desafortunadamente, es cierto para muchos artistas a nivel mundial. Y hoy en día muchos de estos artistas de renombre son realmente de segunda.

Siempre fuiste un ávido lector. ¿Cuáles son los libros que impactaron en tu vida?

Don Quijote de la Mancha de Cervantes y Ana Karenina de Tolstoi son los dos que más me influenciaron. Don Quijote tiene todo: sabiduría, humor, tristeza. Y está muy bien organizado. Desearía saber español para poder leerlo en su idioma original pero ha habido varias traducciones maravillosas. Ana Karenina termina como comienza. Y no conozco ningún otro libro que haga eso. Tienes la estación de tren al principio. La tragedia. Tienes la estación de tren al final. La tragedia. Y te ofrece una psicología maravillosa de estas personas diferentes. Anna Karenina es el catalizador; el libro es realmente más sobre Levin, quien es muy bueno con sus siervos y ama su tierra. Es quizás uno de los estudios de personajes más perfectos en toda la literatura.
Me encanta la literatura, pero a medida que envejezco, leo más sobre historia y muchos libros sobre músicos que no son tan conocidos. Y mientras leo, me doy cuenta de lo poco que sé [risas]. Todas las mañanas me levanto y digo: “David, eres la persona más estúpida sobre la faz de la Tierra. ¿Qué podés aprender hoy?”. Debes aprender algo nuevo todos los días. El mejor consejo que puedo dar a los jóvenes es: “En el momento en que pensás que lo sabés todo, ya estás acabado”.

De alguna manera tu pasión por la lectura te llevó a trabajar en la mítica librería Sam: Johnson’s Bookshop de Los Ángeles. ¿Cómo fue tu experiencia trabajando 27 años como librero?

No es exactamente el término que usaría. Solo estuve allí dos veces por semana durante muchos de esos años y muchas veces ni siquiera eso. Por lo tanto, más que realmente trabajar para la librería estaba familiarizado con ella. Ayudé a que la tienda tuviera libros de calidad. Libros que compré en Londres, en Buenos Aires, en Estambul. Pero nunca fue lo mío. Cuando uno de los directores anteriores de la librería falleció y el otro comenzó a tener demencia tuve que tomar las decisiones. Me hice cargo de la tienda pero de una manera que nunca se situó entre nada de lo que hubiese querido hacer. En otras palabras, tenía total libertad con la música y si tenía ganas de irme de viaje, simplemente me iba.

Sin embargo, gracias al artículo en Los Ángeles Times tu nombre ahora está fuertemente asociado a la librería.

El artículo de Los Angeles Times no iba a ser sobre mí. Se los dije a ellos. Se suponía que abordaría la historia de la librería. Y lo cambiaron. Francamente estaba molesto, excepto que cuando esto sucedió, comenzamos a facturar entre mil doscientos y mil quinientos dólares por día, y antes si ganábamos cuatrocientos o quinientos dólares por día, ya era muy bueno. Así que triplicamos y cuadruplicamos nuestra recaudación durante aproximadamente un mes. Por esa razón entraron personas que querían mi autógrafo. Pero supongo que si la gente me pidiera que hiciera una entrevista aquí, no la haría. No soy tan importante.

Final chapter for a Mar Vista bookstore (Los Angeles Times)

Uno de los pasajes más llamativos del artículo de Los Angeles Times fue cuando te referís a Buenos Aires como la ciudad en la que encontraste una parte tuya. ¿Cuál fue exactamente esa parte de vos que encontraste en esta ciudad?

Cuando tenía 18 años, una mujer que leía las palmas de las manos me dijo “te encontrarás cuando vayas a Sudamérica”. Años después, fui a Sudamérica y encontré parte de mí mismo. Creo que me convertí en una mejor persona. Me volví mucho más comprensivo. La última vez que estuve en Buenos Aires casi me muero. Tenía una bacteria. Me enviaron al Hospital Alemán y me diagnosticaron todo mal. Leyeron mi radiografía completamente mal y me dieron un antibiótico que era venenoso para mi sistema, y si hubiera tomado uno más, probablemente no estaría hablando con vos. Hubo cuatro personas que realmente me salvaron la vida en Buenos Aires: Fabián, dueño de la disquería Casa Piscitelli y su esposa Graciela, Damián, el sobrino de Graciela y Javier, el sobrino de Fabián, que además trabaja en la tienda. Damián volvió de la escuela y se quedó mirándome porque yo no podía dejar de temblar, ni siquiera podía sostener un vaso de agua. Estaba en muy mal estado. Y si no hubiera sido por estas personas yo no estaría aquí. Esto me sucedió después del artículo para Los Ángeles Times. Aunque esta última vez me enfermé de muerte, algo muy bueno e importante vino de mis visitas allí.

¿Qué es lo que más te gusta de Buenos Aires?

Estuve en todo el mundo y amo mucho tu ciudad. Me gusta la gente y me encanta la música. Amo la casa de ópera que tienen. Tiene la mejor acústica de cualquier ópera. Es hermosa, cara [risas]. He estado en el Colón por lo menos veinticinco veces. Es la atracción principal, pero hay mucho que ver en Buenos Aires. Encuentro a la gente muy distante hasta que te conocen. Pero cuando te conocen, son muy amigables. Me siento como en casa allí. Mis ciudades extranjeras favoritas son Estambul, El Cairo y Buenos Aires.

The Silver Chalice (2007)

¿Cómo ves el mercado de libros usados en Los Ángeles en comparación con el de Buenos Aires?

Tienen maravillosos locales de libros usados en Buenos Aires. Excelentes librerías, y los libros usados no son caros. Las librerías de usados en Los Ángeles se están hundiendo porque se están haciendo cargo personas que no hacen nada por los libros y además está Amazon. Sam Johnson’s era una institución. Fue una de las grandes librerías.

Por último, si tuvieras que elegir una profesión que más te defina de todas las que hiciste, ¿cuál sería?

Puedo decirte que fue mi profesión de cantante, ya que lo hice durante más de 50 años, pero nunca estuve satisfecho con mi forma de cantar. Podría haber tenido una carrera más grande si hubiera elegido hacerlo, pero nunca sentí que lo hiciera tan bien como debería haberlo hecho, salvo por esa vez cuando canté ese solo, con una orquesta de 65 instrumentos en The Silver Chalice. Paul Newman hizo su debut en la película [risas]. Ambos tuvimos el debut en esa película. Luego él tuvo algunas cosas mejores. Pero he tenido una vida muy buena. Constantemente estoy aprendiendo y les digo a mis alumnos: “Nunca seas demasiado crítico contigo mismo”. Yo lo fui. Por otro lado: “No te enfades porque no importa qué tan bien hagas algo, siempre puede salir mejor”.

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